¿Es el arte para unos pocos?

Nunca me había planteado realmente que el arte fuese patrimonio de unos pocos, reservado a unos escogidos. Siempre he sentido la música como una brisa sutil y maravillosa que alcanza a todos. A unos nos deleita; a otros simplemente los entretiene. Pero nadie puede permanecer completamente ajeno a su presencia. Creo que así sucede con todas las artes.

Sin embargo, también comprendo que, en la medida en que uno entra en contacto con el arte, la mirada se vuelve más precisa. Comienza a percibir con mayor profundidad aquello que antes pasaba inadvertido. Se adquiere claridad, percepción, hondura. Los detalles dejan de ser apenas intuiciones para revelarse con nitidez.

Y, sí, para ello es necesaria una cierta formación, tanto interior como exterior.

Interior, porque se requiere despertar la sensibilidad y la intuición que todos los seres humanos poseemos por el simple hecho de serlo; por participar de la Mente, del Manas, por conservar la posibilidad de reconocer el Fuego que habita en el arte.

Exterior, porque una formación técnica nos permite comprender mejor lo que contemplamos, apreciar cómo ha sido realizado, descubrir qué sucede en la obra. Ese conocimiento conduce a una admiración más profunda y, en algunos casos —como me ocurre con Beethoven—, incluso a una cierta devoción.

Sin embargo, este ámbito exterior, que debería ser únicamente un medio, se ha convertido para la inmensa mayoría en un fin. Se perfeccionan las técnicas y se exploran recursos casi inimaginables, como si disponer de mejores herramientas nos acercara necesariamente a un territorio desconocido e irrepetible; como si perteneciéramos al pueblo elegido, al culmen de la civilización, y la acumulación de posibilidades técnicas nos capacitara para crear algo verdaderamente nuevo.

Pero, cuando no existe un ascenso interior, todo ese despliegue acaba reduciéndose al psicologismo, al personalismo y a la fricción. Hemos olvidado qué es un medio y qué es un fin.

Hemos olvidado que la belleza no necesita artificios desmesurados para manifestarse. La sustancia más humilde puede convocarla. Basta contemplar una flor. Lo más sencillo puede convertirse en un vehículo perfecto para expresar aquello que, en realidad, es inapresable.

De lo contrario, habría que afirmar que Cervantes habría escrito un Quijote mejor por el hecho de disponer de un ordenador con acceso a internet. O que Beethoven habría compuesto una Novena Sinfonía superior si una intervención quirúrgica le hubiese devuelto parte de la audición.

Y no es así.

Los medios son únicamente medios. Somos nosotros quienes, fascinados por ellos, hemos terminado olvidando los fines.

Por eso, sí: es necesaria una especialización para descubrir matices que de otro modo permanecerían ocultos. Pero no podemos negar que las artes nos alcanzan, aunque sea de manera tangencial, incluso cuando carecemos de conocimientos. El ser humano permanece indefenso ante la belleza. Y precisamente esa vulnerabilidad es una de las expresiones más altas de nuestra humanidad.

Después, naturalmente, llega el tiempo de profundizar; de convivir con las artes para educar la sensibilidad, para transformar la sensibilidad tosca en una sensibilidad cada vez más fina. Es un camino largo, paciente y hermoso.

Porque, como dice la antigua oración, Apolo no se muestra a todos… tampoco la Belleza.

Hasta aquí podría parecer que cuanto mayor sea el dominio técnico, mayor será necesariamente la obra de arte. Sin embargo, esa relación no es tan sencilla. La técnica amplía las posibilidades de expresión, pero no garantiza que haya algo verdadero que expresar. Es como aprender perfectamente un idioma: conocer todas sus reglas no convierte a nadie en poeta. La inspiración, la visión y la capacidad de reconocer la belleza pertenecen a otro orden. La técnica puede afinar la voz, pero no crea el canto. Puede pulir el instrumento, pero jamás sustituirá a la música. Cuando olvidamos esta diferencia, dejamos de considerar la técnica como un puente hacia la belleza y comenzamos a venerarla como si ella misma fuese la belleza.

Juan Carlos Rodero